El hombre de mas de cuarenta años es un pordiosero, se entremezcla con estudiantes universitarios que van a fumar porro a ese lugar y allí, este hombre hambriento y consumidor de pasta base hace un show patético, que la estudiante de filosofía ebria de vino y marihuana le
llamara “diversidad”.
En el cuaderno del hombre hay un pedazo de cuento de Roberto Art, pero dice que es de él. No se si miente. Veo que está escrito en manuscrito y se lo repite a cada chiquilina que se sienta a su lado; de tanto leerlo se lo sabe de memoria, como los gurises que cantan canciones de Alejandro Montaner en el ómnibus. Ya no debe acordarse de donde lo sacó o debe pensar que lo invento él. Igual no importa le sirve para “integrarse” al grupo de personas veinte años mas jóvenes, que están curtiendo la noche. El servicio además incluye la cartelera de actividades, las bocas de drogas, los almacenes abiertos… a cambio, un poco de compañía, vino y dos por tres, una estudiante de antropología de primero que se piensa que esta haciendo un programa para la National Geographic.
Cada tanto aparece otra persona en situación de calle, y hay enfrentamientos territoriales que son celebrados por los jóvenes drogados. Les divierte el show, las escaramuzas por quien será esa noche el bufón que los entretenga, el pordiosero que los divierta.
¡Entonces “la diversidad” explota en todo su esplendor! Los jóvenes de clase media con championes de 300 dólares, toman del mismo pico que el famélico descalzo, todos le piden pan al carro de chorizos, cantan canciones de protesta en guitarras desafinadas de apatía y falta de ensayo y después fuman pasta base para sellar la “integración” cultural que se forjó al pie del Dante.
La escena la completa un personaje con mucha plata que es reivindicado en el grupo como “generoso y distroy” “el Luca uruguayo” dice otro que le palmea la espalda. El señor repulsivo asegura inyectarse heroína todos los días y drogas de la mas alta alcurnia europea, además de andar con “minas re zarpadas”. Dice esto mientras le pasa la pipa a un gurí que duerme debajo de un arbusto al lado del charco de orín que van dejando los universitarios “integristas”. A nadie le parece asqueroso el panorama.
Es un nuevo folclore montevideano.
Una especie de degradación social que consiste en asimilar a la indigencia y la pobreza e integrarla a nuestra rutina recreativa. Hace un tiempo me impresionaba ver a unos pibes del barrio sentados en ronda arriba de un basurero, bien en el centro, en lugar de optar por el césped y la sombra de frondosos árboles que habían a unos metros. Lo que está pasando en la “city” no es tan diferente.
Las borracheras sabatinas conllevan esquivar gente que duerme en la calle, reírse de los pibes que salen de contenedores de basura como fantasmas de su cueva, hablando en idiomas casiinentendibles… y todo eso nos empieza a dar placer, ¡nos empieza a gustar! Ya no nos indignamos. ¡Si estamos de joda en el día libre! Todos a divertirse! Y a las 5 de la mañana algunos se van en taxi a dormir la mona y otros se quedarán esperando un milagro que nunca llegará. Actuamos como si fuéramos todos partes de una gran ONG, que se dedica a la recreación de gurises en situación de calle y adictos a la pasta base.
Horas después, en la madrugada del barrio, una pareja de unos veinte años cada uno están sentados en el cordón de la vereda… no se están besando, no hay juegos eróticos, no hay charla de filosofía barata de sábado a la noche, no hay risas, ni siquiera discuten. No hay tampoco ataques de celos, ni histerias de novios veinteañeros… ella tiene en sus manos un transformador de televisor y lo tira una y otra vez contra el piso. Si lo logra romper, con el cobre que esta dentro irá al compra y venta de metales que esta abierto las 24 horas y con los 25 pesos que le darán fumara un poco mas de pasta. El novio la mira ansioso.
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