En un contexto de aumento de la desocupación, presión inflacionaria y un dólar cada vez más frágil frente a otras monedas, Estados Unidos ensaya maniobras políticas y comunicacionales destinadas a ganar tiempo ante un deterioro que ya no logra ocultar. La economía estadounidense aparece como la primera ficha de un dominó global: la dependencia del sistema financiero internacional de los bonos del Tesoro, el endeudamiento estructural y la pérdida de legitimidad política configuran un escenario de alta inestabilidad que impacta también en países como Uruguay, profundamente atados a esa arquitectura financiera.
En ese marco, la política exterior funciona como válvula de escape. La prolongación indefinida de los conflictos en Gaza y Ucrania, la amenaza latente sobre Irán y la reactivación del foco venezolano responden menos a estrategias de resolución que a la necesidad de sostener equilibrios internos en Estados Unidos de cara a las elecciones de medio término. La supervivencia política de Donald Trump aparece así como un problema sistémico: no se trata solo de un liderazgo personal, sino del instrumento que el propio sistema necesita para seguir aplicando políticas impopulares sin perder cohesión.
Israel queda atrapado en esa misma lógica. Benjamin Netanyahu, sostenido artificialmente por Washington, enfrenta el desgaste de una base electoral que se le desarma por todos los flancos. Los colonos reclaman promesas incumplidas, los sectores ultraortodoxos resisten la conscripción militar y el ejército sufre una merma crítica de efectivos tras meses de ofensiva en Gaza. Incapaz de expulsar o exterminar a la población palestina, el gobierno israelí aplica el máximo daño posible: racionamiento extremo de la ayuda humanitaria, destrucción de la infraestructura sanitaria y bloqueo sistemático de cualquier posibilidad de reconstrucción, lo que proyecta una hambruna catastrófica con especial impacto en niños, mujeres y ancianos.
El genocidio se prolonga no por su eficacia, sino por su utilidad política. Netanyahu gobierna al día, acumulando derrapes diplomáticos y provocaciones, mientras Estados Unidos comienza a evaluar cómo preservar el proyecto israelí sin quedar atado a un primer ministro que se ha convertido en un pasivo. La pérdida de apoyos internacionales, la erosión interna y el creciente rechazo incluso en sectores históricamente alineados con Israel marcan un punto de inflexión.
Nada de esto ocurre en el vacío. La abstención de Rusia y China en instancias clave, el alineamiento oportunista de gobiernos árabes y la lógica de negocios que atraviesa cada posicionamiento confirman que no hay moral en juego, sino intereses. El resultado es un mundo sostenido en equilibrios precarios, donde las potencias intentan administrar su declive trasladando el costo a las periferias y a las poblaciones más vulnerables.
En este escenario de descomposición global, las guerras no buscan ganarse ni cerrarse: buscan estirarse. Y en ese estiramiento, el daño ya es irreversible.
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