La regla básica del socialismo

“Sin la participación de fuerzas locales, sin una organización desde abajo, de los campesinos y de los trabajadores por ellos mismos, es imposible construir una nueva vida”.

Pedro Kropotkin

 

En pleno análisis internacional sobre el consenso del estado de decadencia del imperialismo norteamericano, este se refugia donde comenzó su poder: América para los americanos, la doctrina que el propio Donald Trump ahora invoca con el nombre de Donroe.

Esa percepción de declive no le ha impedido, sin embargo, entrar a un país soberano, secuestrar a su presidente, causar la muerte de más de 40 personas y poner de rodillas a un gobierno que había resistido incontables presiones externas. El gobierno chavista, tras esos hechos, inicia negociaciones como si lo ocurrido fuera apenas un puño sobre la mesa.

Se me ocurren algunas comparaciones históricas de intentos por socavar y destruir un régimen que, no obstante, terminaron siendo fracasos emblemáticos.

En 1961, en la Bahía de Cochinos, Estados Unidos, bajo la administración de John F. Kennedy, llevó a cabo una invasión fallida organizada por la CIA con un ejército de 1.400 exiliados cubanos entrenados y financiados desde territorio norteamericano con el objetivo de derrocar a Fidel Castro. La operación, planificada inicialmente durante el gobierno de Dwight D. Eisenhower, culminó en un desastre militar en menos de 24 horas y reforzó la posición de la revolución cubana como un símbolo de resistencia a la hegemonía estadounidense. La invasión pretendía desencadenar un levantamiento popular en la isla, pero el apoyo interno real fue muy limitado y las fuerzas contrarrevolucionarias fueron derrotadas con rapidez.

Recién instaurada la revolución —con enorme apoyo popular tras el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista en 1959— Cuba nacionalizó industrias y tierras dominadas por intereses estadounidenses, lo que precipitó la ruptura de relaciones con Washington y tensó aún más los vínculos con la Unión Soviética.

Otro capítulo histórico son los numerosos intentos de magnicidio financiados por la CIA contra Fidel Castro, que se extendieron durante décadas. Según estimaciones de exfuncionarios cubanos, entre 1960 y 1965 hubo múltiples planes de asesinato contra Castro que la agencia promovió bajo diversas operaciones encubiertas, incluyendo desde medios tóxicos hasta métodos más directos, aunque ninguno tuvo éxito.

Una comparación más regional, y saliendo del ámbito de los Estados, es el levantamiento zapatista de 1994 en México. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), compuesto mayormente por indígenas de Chiapas, se levantó en armas el 1° de enero de 1994 —coincidiendo con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA)— para protestar contra las políticas neoliberales que, según su diagnóstico, profundizarían la pobreza y la marginación de sus comunidades. Aunque contenida militarmente en apenas 12 días, la insurrección logró convertirse en un movimiento político de larga duración, con demandas de tierra, educación, salud y justicia que resonaron más allá de sus territorios originales.

Entonces, ¿qué hace la diferencia entre Venezuela y estos ejemplos?
No es el poder militar, ni la estrategia, ni siquiera la sofisticación de la inteligencia — incluso se ha reportado la presencia de oficiales cubanos entre los asesores de la guardia presidencial venezolana bajo Maduro, un factor que ha sido señalado como parte de los vínculos prácticos entre La Habana y Caracas frente a presiones externas. (Nota: la presencia de tales oficiales ha sido referenciada en análisis sobre cooperación militar entre ambos estados, aunque no siempre desagregada oficialmente).

La diferencia fundamental radica en el aval de la opinión pública —local, regional y global— y en el costo político que significaría la destrucción de un proyecto político que, más allá de sus contradicciones internas, mantiene bases sociales urbanas y rurales significativas. El descontento global y las posibles revueltas que suscitaría una intervención directa o una imposición forzada de régimen serían de enorme magnitud, algo que reconfigura cada escenario geopolítico.

¿Esto implica justificar las acciones de Estados Unidos? Por supuesto que no. Ni estas, ni las que se suscitaron en Paraná contra un dictador de derecha y narcotraficante confeso merecen justificación alguna.

Pero sí implica entender que el socialismo es de abajo o no es; es del pueblo o no lo defiende nadie. Quien no construye una base social amplia, que lo sustente más allá de la retórica, termina siendo vulnerable a las imposiciones —externas o internas— que la historia ha demostrado una y otra vez.

Nicolás Scarón

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VIDEO DEL PROPIO HUGO CHÁVEZ ANALIZANDO ESTA SITUACIÓN UTILIZANDO UNA CARTA QUE EL ANARQUISTA PEDRO KROPOTKIN LE MANADARA A LENNIN EN 1920 A SOLO TRES AÑOS DEL TRIUNFO DE LA REVOLUCIÓN RUSA.

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