En agosto de 2002, en plena debacle económica y social, el Uruguay vivía uno de los momentos más oscuros de su historia reciente. La pobreza alcanzaba el 40%, la infantil el 56%, el desempleo rozaba el 20%, los suicidios aumentaban como nunca antes y más de 30 mil uruguayos emigraban desesperados. Mientras tanto, una élite política y empresarial saqueaba impunemente al país, protegida por una prensa adicta y un aparato estatal disciplinado.
En ese contexto, apareció un relato alternativo. Un relato incómodo. Un relato desde abajo.
Una radio comunitaria, El Quijote FM, nacida en Pueblo Ferrocarril, se convirtió en el blanco de una opereta institucional que buscó un chivo expiatorio para tapar el saqueo real: el de los banqueros, los políticos cómplices y los grupos económicos que dejaron al país de rodillas.
El 3 de agosto de 2002, El Quijote fue allanada por fuerzas estatales —con apoyo de militares y bajo la órbita de una URSEC aún dependiente del Ministerio de Defensa— acusada falsamente de “instigar saqueos”. La radio, conformada por jóvenes laburantes, docentes, jardineros, feriantes y militantes sociales, cargó con el peso de una ficción construida desde las redacciones y los despachos ministeriales.
En total, 19 personas fueron procesadas ese año por robar fideos y arroz. Muchas cumplieron hasta 4 años de cárcel. Mientras tanto, personajes como José Enrique «Puchi» Rohm y la familia Peirano, responsables del vaciamiento de bancos y del robo de cientos de millones de dólares, murieron prófugos o fueron beneficiados por una justicia ciega ante los crímenes de cuello blanco.
Los medios hegemónicos —con El País a la cabeza— tejieron titulares como “ola de saqueos organizados” y apuntaron contra la radio. La justicia, dócil, respondió. El mensaje era claro: si denunciás al poder, sos el enemigo.
Aquel allanamiento, acompañado de una brutal incautación de equipos sin causa penal válida, fue más que un operativo. Fue un intento de silenciar una voz disonante en un país tomado por mafias financieras, políticos corruptos y una prensa cómplice. Pero no pudieron. Porque el Quijote era más que una radio: era una red comunitaria, una barricada cultural, un espacio de resistencia.
23 años después, desde Reactiva Contenidos seguimos alzando la bandera y el puño. No olvidamos. No perdonamos. Seguimos denunciando que mientras se reprime al pueblo por exigir pan, se protege a quienes vacían las arcas del Estado.
Hoy, más que nunca, reafirmamos que el verdadero saqueo no fue un paquete de fideos. Fue la entrega del país.
¡Salú, Quijote!



