Un llamado a la empatía histórica y política para comprender las luchas de resistencia en contextos coloniales.
Comparar al Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros (MLN-T) con HAMAS no es un ejercicio de provocación gratuita. Es una invitación a mirar la historia reciente de Uruguay para comprender, desde nuestra propia piel, lo que ocurre hoy en Palestina.
Las luchas anticolonialistas y de resistencia armada no surgen en el vacío: se gestan en contextos de opresión, despojo y violencia sistemática. Tanto en América Latina en los años sesenta y setenta como en Medio Oriente desde mediados del siglo XX, el dolor y la humillación de un pueblo han generado respuestas diversas: algunas inspiradoras para muchos, otras difíciles de aceptar. Pero todas, antes de ser juzgadas, deben ser entendidas.
En Uruguay, la figura de Raúl Sendic y acciones como la Toma de Pando han sido reivindicadas durante décadas por buena parte de la izquierda, pese a las muertes y daños colaterales que implicaron. Sin embargo, cuando se habla de Ismail Haniya o de la resistencia palestina, la narrativa dominante cambia hacia la criminalización absoluta. Esta doble vara, señalan los impulsores de la comparación, revela una mirada incongruente y limitada.
La reflexión surge en un contexto particular: la reactivación del compromiso militante en Uruguay frente al genocidio palestino. Diversos comités de base del Frente Amplio, colectivos sociales y personas independientes han roto el prolongado silencio político sobre el sionismo y la ocupación israelí. Para algunos referentes, este proceso ha funcionado como una “sanación” interna de la izquierda uruguaya, removiendo inercias, ataduras partidarias y compromisos de silencio.
Entender la resistencia palestina no significa aprobar todos sus métodos. Significa reconocer que, al igual que el MLN-T, HAMAS surge de un entramado social, político y humano moldeado por décadas de injusticia y violencia colonial. En palabras de quienes promueven este paralelismo, “romantizar la lucha de Sendic pero criminalizar la de Haniya es desconocer que ambas nacen de la misma raíz: la resistencia a la opresión”.



