El terrorismo suele presentarse en el imaginario público como un fenómeno marginal, irracional y exótico. La imagen dominante —alimentada por medios, gobiernos y manuales escolares— lo asocia a fanatismos religiosos, grupos aislados y enemigos lejanos. Sin embargo, si nos atenemos a la definición aceptada por Naciones Unidas y otras instancias internacionales, el terrorismo es el uso sistemático de la violencia, o de la amenaza de violencia, con fines políticos, generalmente contra civiles, para infundir miedo e influir en decisiones.
Cuando recordamos, además, la fórmula de Carl von Clausewitz —la guerra es la continuación de la política por otros medios—, aparece una pregunta incómoda: si la guerra es política concentrada, ¿no es el terrorismo su versión más económica y directa?
Este análisis explora esa hipótesis: que el terrorismo, lejos de ser una anomalía, es un método recurrente e inherente a las lógicas del poder, utilizado por actores estatales y no estatales, y que en el capitalismo encuentra su terreno más fértil.
Terrorismo de Estado y no estatal: una diferencia de legitimidad
En la clasificación más habitual, se distingue entre terrorismo estatal y no estatal. El primero es ejercido por gobiernos y fuerzas de seguridad; el segundo, por grupos armados que desafían al Estado. La diferencia central no está tanto en la naturaleza de sus métodos como en el modo en que se los legitima o condena.
El terrorismo no estatal recibe la condena inmediata y explícita del sistema internacional. El estatal, en cambio, se disfraza bajo otros términos: “excesos”, “operativos de seguridad”, “daños colaterales”. Así, bombardear ciudades, desaparecer opositores o imponer hambre y desocupación masiva rara vez se tipifica como terrorismo cuando lo ejecuta un gobierno reconocido.
Breve genealogía del terror como política
Aunque el término “terrorismo de Estado” se popularizó en América Latina a partir de las dictaduras del Cono Sur y el Plan Cóndor, su lógica es mucho más antigua.
En la Revolución Francesa, el Comité de Salvación Pública usó la guillotina como instrumento para disciplinar a opositores y consolidar el poder burgués. Robespierre lo dijo sin rodeos: “La virtud sin el terror es mortal; el terror sin virtud es impotente”.
En el siglo XX, las guerras mundiales, Hiroshima y Nagasaki, y las campañas militares justificadas por atentados como Pearl Harbor o las Torres Gemelas muestran un patrón: el terror dirigido contra civiles no es un efecto colateral, sino un objetivo deliberado para obtener ventajas políticas o estratégicas.
El caso latinoamericano: Plan Cóndor y neoliberalismo
En América Latina, el terrorismo de Estado no solo buscó eliminar a la oposición política. Tuvo, además, un objetivo económico claro: imponer el modelo neoliberal.
Bajo la coordinación del Plan Cóndor, dictaduras de la región ejecutaron desapariciones, torturas y exilios masivos para desarticular cualquier resistencia social. El saldo económico es elocuente: la deuda externa conjunta de los países involucrados pasó de 19.000 millones de dólares en 1970 a 192.000 millones en 1985. El miedo fue la herramienta para vaciar Estados, privatizar recursos y subordinar las economías a la lógica financiera global.
Terror cotidiano: la gestión del miedo en democracia
Aunque pueda parecer propio de regímenes autoritarios, el uso del miedo como herramienta política no desaparece en democracia. En contextos capitalistas, el terror se administra de forma difusa:
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Cárceles degradadas que sirven como advertencia social.
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Inseguridad urbana que justifica políticas represivas.
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Desocupación y salarios bajos que disciplinan a la clase trabajadora.
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Aparatos mediáticos que amplifican amenazas y construyen enemigos internos.
Este “terrorismo blando” no necesita explosiones ni secuestros: su objetivo es condicionar comportamientos y reducir la capacidad de organización colectiva.
Conclusión
Si aceptamos que el terrorismo es el uso sistemático de la violencia para fines políticos y que la guerra es política concentrada, debemos admitir que el terrorismo es, en muchos casos, la forma más económica y efectiva de hacer política en el sistema capitalista. Lo han practicado Estados, empresas, narcotráficos, guerrillas; lo han justificado desde todos los espectros ideológicos.
La pregunta que queda abierta es si es posible transformar radicalmente un sistema así sin recurrir al terror como herramienta. No solo sería deseable: sería condición excluyente para que el cambio no repita las lógicas que dice combatir.
El desafío es construir una política basada en la coherencia, la conciencia y el amor, capaces de movilizar sin miedo y de sostener un proyecto que no dependa de infundir terror para perdurar.
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