Lo que podría tomarse como un simple culebrón ganadero es, en el propio relato de los gobiernos de las últimas décadas, un drama nacional. En un país que tiene más vacas que personas y cuya imagen internacional se sostiene en buena medida en la exportación de ganado, Uruguay protagonizó este año dos episodios que dañaron severamente la credibilidad de su sector: la mayor estafa de la historia con Conexión Ganadera y, ahora, el papelón internacional de las tres mil vacas que Turquía rechazó por supuestos problemas sanitarios y que terminaron descargándose en Libia.
La operación comenzó como una venta estándar: un exportador uruguayo despachó 3.000 animales con destino a Turquía, pese a que el acuerdo original contemplaba 4.000. Según declaró el propio empresario a medios rurales, el importador turco pidió a último momento un certificado sanitario con destino Marruecos y solicitó absoluto silencio sobre el cambio. Horas después, el barco modificó su ruta y terminó detenido frente a las costas libias, sin que Uruguay recibiera confirmación alguna del comprador.
El Ministerio de Ganadería desmintió que hubiera irregularidades en los controles, pero Turquía justificó el rechazo del ganado señalando problemas sanitarios, la misma explicación que replicaron medios internacionales como France 24 y la prensa argentina. En ese punto empieza la zona gris: ni el exportador uruguayo, ni el gobierno, ni el propio embajador turco aportaron una versión completa y verificable. Incluso se denunció que unas 300 vacas habrían sido arrojadas al mar, práctica ilegal que impide cualquier análisis forense sobre causas de muerte.
El episodio escaló cuando el ganado, en vez de regresar a Uruguay o ingresar a Marruecos —uno de los países firmantes de los Acuerdos de Abraham y comprador reciente de armamento israelí— apareció descargado en Libia, un territorio marcado por colapso institucional y circuitos opacos donde, según especialistas, suelen operar triangulaciones comerciales y militares vinculadas a varios conflictos regionales. Esa deriva alimentó sospechas sobre el destino final de los animales y sobre los verdaderos motivos del rechazo turco, en un contexto internacional dominado por la guerra en Gaza y tensiones políticas entre Turquía, Israel y sus aliados.
Lo que sí está claro es la falta de reacción del gobierno uruguayo ante un episodio que afecta directamente la reputación del país como proveedor confiable de ganado. La docilidad oficial frente a la versión turca contrasta con el impacto reputacional de aparecer en la prensa mundial como un exportador con problemas sanitarios y controles difusos. Operadores cárnicos consultados advierten que estos errores, sumados a la incompetencia histórica en la comercialización externa, ponen en riesgo no solo la exportación de ganado en pie, sino también la carne faenada.
Mientras el Ministerio guarda silencio, crece la percepción de que alguien miente —o que muchos lo hacen— en una cadena donde intervienen gobiernos, empresas, embajadas y puertos en países donde la transparencia es un lujo. El resultado: Uruguay vuelve a quedar atrapado en un escándalo ganadero que mancha su principal activo económico y que, como admiten especialistas del propio sector, “ni en el contrabando más oscuro se maneja con este nivel de desprolijidad”.
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