Las declaraciones de Julio Ríos exponen la cultura de la violación instalada en el fútbol uruguayo

Las reacciones del periodista deportivo Julio Ríos ante la condena por violación del jugador de Peñarol Diego García en Argentina reabrieron un debate incómodo y estructural: la cultura de la violación que atraviesa al fútbol uruguayo y que sostiene tanto las prácticas más aberrantes como los discursos que las justifican. Aunque Ríos es una figura despreciada transversalmente por personas de cualquier espectro ideológico con un mínimo de lucidez, sus palabras en caliente —lamentando la “desgracia” del violador y omitiendo toda referencia a la víctima— permiten observar cómo opera ese entramado cultural.

La sentencia argentina condenó a García a seis años y ocho meses de prisión por violar a una joven jugadora de hockey en La Plata. Pese a la gravedad del crimen, parte de la cobertura deportiva local se concentró en “el golpe para el jugador” y “la pérdida para Peñarol”, un enfoque que invisibiliza sistemáticamente a la víctima y coloca al agresor como sujeto de compasión. En contraste, la Comisión de Género de Peñarol había advertido meses antes la improcedencia de contratarlo y solo logró que se incorporara una cláusula que rescindiera su vínculo en caso de condena firme.

Las expresiones de Ríos en Radio El Espectador, secundadas por otros panelistas, exhibieron la naturalización del violador como figura “protegible” dentro del ecosistema futbolístico. Lejos de un error aislado, especialistas señalan que esta actitud responde a un marco más profundo: dirigentes, comunicadores y jugadores que reproducen discursos de culpabilización de las víctimas, justifican silencios internos y minimizan sistemáticamente los delitos sexuales cometidos por colegas o ídolos deportivos.

Según el análisis realizado en el programa de Reactiva Contenidos, la permanencia de comunicadores como Ríos —que llegan a los medios con carteras de avisadores más que con méritos periodísticos— es un elemento que refuerza esta cultura. Su presencia habla de decisiones empresariales conscientes: no es casual que figuras que relativizan violaciones sean contratadas, promovidas o mantenidas en espacios de alta audiencia, donde reciben información privilegiada de clubes y sponsors.

El debate también reveló otra dimensión central: la reacción masculina típica que “rechaza la violación porque tiene hijas, mujeres, hermanas”, un argumento que el feminismo ha señalado como sintomático de una cultura que no reconoce a las mujeres como sujetas de derechos, sino solo como extensiones familiares propias. Esta forma de defensa, lejos de cuestionar el núcleo del problema, reproduce el mismo marco que permite sostener la estructura de tolerancia hacia los agresores.

La discusión expuesta esta semana confirma algo que las organizaciones feministas y sectores críticos vienen advirtiendo desde hace años: para que una violación ocurra no basta un individuo violento, se necesita un entorno que lo legitime, lo proteja y lo justifique. Y en el fútbol uruguayo —como en tantos otros ámbitos masculinizados— ese entorno existe, está arraigado y se expresa tanto en prácticas como en discursos públicos.


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